Tlazolteotl; la devoradora de inmundicias
- Colette Gi
- 12 ene
- 9 Min. de lectura

En el pensamiento nahua del Posclásico —y en sus relecturas coloniales tempranas— la “inmundicia” no se reduce a una categoría higiénica. Es, sobre todo, una sustancia moral y ritual: aquello que se adhiere al cuerpo y a la comunidad cuando el deseo, la transgresión, el exceso o el desorden rompen el equilibrio. En ese horizonte, Tlazolteotl (Tlaçōltēōtl), “divinidad de la tlazolli” (suciedad/impureza/desecho), aparece como una figura paradójica: provoca, encarna y a la vez consume lo impuro; lo hace circular para que vuelva a ser vida socialmente posible. Su potencia simbólica no reside en una oposición simple entre “pecado” y “pureza”, sino en la lógica de transformación: lo descompuesto puede volverse materia fértil, y lo vergonzante puede reingresar al orden mediante ritos, palabras y disciplinamientos del cuerpo.
Esta dinámica se vuelve especialmente visible en la asociación entre Tlazolteotl, la penitencia y los ritos de limpieza que la historiografía y los estudios de códices conectan con Ochpaniztli (“la fiesta del barrido”). En fuentes coloniales y lecturas contemporáneas, la diosa se presenta como eje de un proceso de depuración que no elimina la “basura” moral: la metaboliza. El arquetipo, por tanto, no es el de una “virgen” de lo puro, sino el de una fuerza capaz de convertir el residuo en umbral: del desorden a la reintegración.
1) Tlazolli: inmundicia, residuo y carga moral
En náhuatl, tlazolli abarca suciedad, desecho, cosas “viejas”, deterioradas o moralmente “bajas”; pero también remite a lo mezclado y lo que se amontona. Es una palabra de densidad ritual: la “suciedad” puede ser signo de enfermedad, de castigo o de desarreglo social; y, al mismo tiempo, es materia inevitable de la vida (lo que el cuerpo excreta, lo que el deseo deja como rastro). Por eso, en el imaginario religioso, la purificación no consiste sólo en “quitar”, sino en encauzar: sacar de la circulación peligrosa aquello que intoxica y devolverlo transformado a un circuito legítimo.
En este sentido, Tlazolteotl opera como una instancia de mediación. No es únicamente una deidad “del vicio”: es un dispositivo cosmológico para pensar cómo una sociedad trata sus residuos (corporales, sexuales, éticos, políticos). Esta clave ayuda a comprender por qué las fuentes coloniales la vinculan a prácticas de confesión y penitencia, aun cuando la investigación moderna advierte que esos términos quedaron afectados por traducciones y marcos cristianos. La idea central, sin embargo, permanece: existían tecnologías rituales para tramitar lo “torcido” del comportamiento y restituir un estado de equilibrio.
2) Purificar no es negar: Tlazolteotl como fuerza que “consume” lo impuro
Uno de los rasgos más persistentes en la iconografía y la literatura es la figura de Tlazolteotl como tlaelcuani, “devoradora de inmundicia”, asociada a una boca ennegrecida. En códices y descripciones, el ennegrecimiento de la boca no es un detalle “macabro”; es una marca ritual de ingestión: la deidad come aquello que nadie quiere portar. Ese acto, simbólicamente, no sólo limpia: reconfigura el estado del sujeto y su lugar en la comunidad.
La complejidad aumenta cuando se observa que, en torno a Tlazolteotl, lo sexual aparece como territorio de riesgo y potencia. La diosa puede ser nombrada “de las cosas carnales”, y también relacionada con un conjunto de cuatro figuras femeninas (las “cuatro hermanas”), que algunas lecturas interpretan como un sistema de edades o aspectos. En el corpus sahaguniano se alude a esta pluralidad, donde la entidad divina se despliega en variantes o manifestaciones, reforzando la idea de que no se trata de un personaje unitario, sino de un campo de fuerzas. En el estudio de las veintenas, se recuerda esta asociación: Sahagún la presenta como diosa de lo carnal y refiere el conjunto de “cuatro hermanas”, vinculándolas con edades o fases femeninas; además, se señala que “9 Caña” es uno de sus nombres, anudando calendario, cuerpo y rito.
Aquí Tlazolteotl encarna una intuición mayor del pensamiento mesoamericano: el exceso no se resuelve por simple supresión; exige un mecanismo de reequilibrio. La purificación es una práctica de reintegración, no una fantasía de inocencia.
3) Ochpaniztli: barrer para rehacer el mundo
Ochpaniztli, “la fiesta del barrido”, ha sido interpretada como un gran complejo ritual de limpieza, renovación y reordenamiento. En varias tradiciones de lectura, este ciclo articula: (a) la depuración del espacio social, (b) la reactivación de fuerzas terrestres y agrícolas, y (c) la dramatización de una violencia necesaria para “alimentar” tierra y cosmos.
Los estudios sobre las veintenas subrayan que Ochpaniztli es fiesta de Toci–Tlazolteotl–Xochiquetzal, y la colocan como bisagra entre estaciones y mitos de origen. Allí se vincula explícitamente Ochpaniztli con Xochiquetzal-Tlazolteotl y el “pecado” de Tamoanchan, articulando la escena de transgresión con el comienzo del género humano y con una lógica de fundación. ritos-aztecas-las-fiestas-de-lo… Asimismo, se describe cómo en Ochpaniztli los ritos reactualizan mitos de despedazamiento y generación de plantas: no es una “limpieza doméstica”, sino un modelo cosmológico de creación por transformación, donde la tierra requiere alimento (sangre, corazones, sacrificio) y donde la renovación implica atravesar una fase de desorden ritualizado. ritos-aztecas-las-fiestas-de-lo… ritos-aztecas-las-fiestas-de-lo…
En la lógica simbólica, barrer no es sólo quitar polvo: es delimitar el mundo habitable. El barrido separa lo que debe quedar fuera (lo peligroso, lo viejo, lo “pegado” al cuerpo social) y lo conduce hacia un tratamiento ritual: quema, ofrenda, deposición, sacrificio. En ese gesto, Tlazolteotl es la instancia que hace posible que el residuo no se convierta en contaminación interminable, sino en materia transmutable.
4) Íconos de Tlazolteotl: boca negra, algodón, husos y escoba
La iconografía de Tlazolteotl se reconoce por un conjunto de signos reiterados en códices del centro de México y sus correlatos coloniales. Entre los más señalados por la literatura especializada se encuentran:
a) La boca ennegrecida.Se interpreta como marca de su condición de tlaelcuani, devoradora de inmundicia, un emblema de ingestión ritual del residuo. Estudios de códices y de esculturas han insistido en que esta señal no es decorativa: comunica función. En discusiones académicas sobre Ochpaniztli y la veintena en códices (como el Borbónico), se menciona a Tlazolteotl con “boca negra” dentro de la celebración.
b) Tocado y atributos de algodón (malacates, copos).La asociación con algodón y con implementos de hilado (malacates/husos) aparece como rasgo distintivo en descripciones coloniales y análisis modernos de las imágenes de Ochpaniztli. En un estudio reciente sobre la imaginería de la veintena en el Códice Borbónico se resume este conjunto: rostro blanqueado, ennegrecido de la nariz hacia abajo, tocado de “mechones de algodón” y malacates con algodón cardado. Esta semántica textil es crucial: el hilado es metáfora de ordenación de materia dispersa, de convertir fibras sueltas en hilo útil; es decir, un modelo técnico de transmutación.
c) La escoba (barrido).Como instrumento, la escoba remite a la operación de ochpana (barrer). En clave ritual, es una tecnología de frontera: traza el límite entre lo limpio y lo que debe ser retirado, y activa el paso hacia el tratamiento ceremonial del residuo. La bibliografía sobre moralidad nahua y su reconfiguración colonial suele retomar esta dimensión del “barrer” como imagen de depuración y de recomposición del orden.
d) Postura de parto y asociación con generación.Tlazolteotl aparece a veces como figura de parto o vinculada a escenas de nacimiento/producción. En el análisis del Borbónico, por ejemplo, Toci–Tlazolteotl se muestra ligada a dar a luz, enlazando purificación y generación como dos caras de un mismo ciclo: lo que se expulsa y lo que nace.
e) Vinculación con Toci y con complejos de “Señora Vieja”.La documentación y los estudios enfatizan cruces y equivalencias parciales entre Tlazolteotl, Toci e incluso Xochiquetzal, no como “confusión” accidental sino como lenguaje de transformaciones: una misma potencia puede presentarse joven/anciana, fértil/peligrosa, deseante/purificadora, según el momento ritual.
5) De la basura al “nuevo elemento”: lectura arquetípica de la transmutación
Si se toma a Tlazolteotl como arquetipo simbólico —en sentido analítico, no psicologizante— su núcleo es una operación cultural: la sociedad produce residuos (materiales y morales) y requiere instituciones rituales para reconfigurarlos. En ese marco, Tlazolteotl representa una forma de “alquimia” mesoamericana: la inmundicia no se niega; se introduce en una economía de transformación.
Esta economía se expresa con especial claridad en tres planos:
Plano corporal: lo expulsado (excreción, sangre, secreciones) no es mera suciedad; es materia con potencia y riesgo. Las marcas corporales de la diosa (boca negra) hablan de un tratamiento ritual de esa materia.
Plano moral: el desorden del deseo y la transgresión se vuelven “carga” (tlazolli) que puede enfermar o desorganizar. Los mecanismos de palabra ritual, penitencia y reintegración (descritos en clave colonial) muestran la importancia de tramitar socialmente el exceso. La investigación moderna ha problematizado cuánto de “confesión” es una traducción cristianizada; pero incluso esas discusiones confirman que existía un diálogo moral y ritual complejo en el siglo XVI, donde categorías europeas y nahuas se enfrentan, se traducen y se reconfiguran.
Plano cosmológico: el barrido, la guerra ritual, el sacrificio y la renovación agrícola forman un mismo tejido. El mundo se mantiene porque se limpia y se alimenta; y se limpia mediante procedimientos que convierten lo “malo” en energía socialmente utilizable (ofrenda, quema, sangre, hilo, orden). En la descripción de Ochpaniztli se insiste en que la fiesta reactualiza mitos de creación y restauración del mundo, donde la tierra —desgarrada y generadora— reclama alimento y donde la renovación incluye violencia ritualizada. ritos-aztecas-las-fiestas-de-lo… ritos-aztecas-las-fiestas-de-lo…
Desde una perspectiva acolhua-texcocana (cuenta tezcocana), esta lectura puede enfatizarse aún más: Tezcoco fue un nodo de elaboración política y moral en el Posclásico tardío, y las “tecnologías de gobierno” (ley, ejemplo, disciplina, ritualidad) se entienden mejor si se reconoce que la purificación no era sólo asunto doméstico, sino una operación del orden social. Con Tlazolteotl, lo impuro no se expulsa sin más: se somete a una forma de trabajo ritual que lo vuelve reintegrable.
Tlazolteotl no es una alegoría simple de “pecado” y “perdón”. Es una figura estructural del pensamiento mesoamericano: el reconocimiento de que toda vida social produce excedentes, residuos y desórdenes, y de que esos residuos —si no se tratan— se vuelven contaminación. Su iconografía (boca negra, algodón, husos, escoba, escenas de parto) es coherente con su función: transformar lo inaceptable en materia reordenada, convertir el desecho en posibilidad. En ese sentido, Tlazolteotl es una de las formulaciones más sofisticadas del principio mesoamericano de renovación: la limpieza verdadera no consiste en borrar la inmundicia, sino en transmutarla.
El temazcal como dispositivo ritual de Tlazolteotl
En el marco del pensamiento mesoamericano, el temazcal no puede comprenderse únicamente como baño de vapor terapéutico ni como práctica higiénica. Es, ante todo, un dispositivo ritual de transformación, un espacio liminal donde el cuerpo, la palabra y la memoria atraviesan un proceso de descomposición simbólica y recomposición vital. Bajo esta lectura, el temazcal se inscribe con plena coherencia en la dirección ritual de Tlazolteotl, no como apropiación nominal, sino como continuidad estructural de su función cosmológica.
El temazcal opera como vientre terrestre y como boca: se entra para ser ingerido por el calor, la oscuridad y el vapor; se sale transformado, depurado, reordenado. Esta secuencia reproduce el principio tlazolteotliano de la tlaelcuani: aquello que es excesivo, vergonzante, doloroso o estancado no se expulsa sin más, sino que se introduce conscientemente en el fuego y el vapor para ser trabajado. El sudor, las secreciones, el cansancio y la palabra dicha en círculo constituyen la tlazolli contemporánea: residuos físicos, emocionales y simbólicos que el ritual no niega, sino que conduce hacia una forma nueva.
Invocar a Tlazolteotl en el temazcal no implica moralizar la experiencia ni reducirla a una lógica de “culpa”. Al contrario, restituye una ética de la responsabilidad corporal y comunitaria: cada participante reconoce lo que carga —dolor, exceso, duelo, deseo, memoria— y lo entrega al proceso ritual para que sea metabolizado. En este sentido, el temazcal se convierte en un acto de gobierno del cuerpo y del alma, donde la purificación no es blanqueamiento, sino tránsito. La palabra pronunciada en el vapor cumple la función de ordenamiento; el calor, la de descomposición; el reposo posterior, la de reintegración. Esta práctica refuerza una noción central: no hay renovación sin contacto con lo impuro, ni sanación sin atravesar el umbral del desorden. Tlazolteotl, como fuerza arquetípica, recuerda que la vida social y espiritual produce constantemente residuos, y que el ritual existe para evitar que estos se conviertan en enfermedad, rencor o ruptura comunitaria. El temazcal, orientado bajo su advocación, actualiza ese saber antiguo: barrer el interior no es expulsar la experiencia, sino transformarla en conocimiento encarnado.
Así, el temazcal dirigido en la fuerza de Tlazolteotl se afirma como rito de transmutación, donde la inmundicia —entendida como lo no integrado— es devuelta a la tierra y al cuerpo como energía disponible para un nuevo ciclo. No se sale “puro” en sentido abstracto; se sale reordenado, con mayor conciencia del propio peso y de la propia capacidad de soltar. En ello reside su potencia ritual profunda y su vigencia contemporánea.
Temazcal en Zapopan, GDL. Zona metropolitana
Bibliografía
Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España
Monzón García, V. (1982). Tlazolteotl: análisis histórico e iconográfico (UNAM). DGB UNAM
Walsh, J. MacLaren (2008). “The Dumbarton Oaks Tlazolteotl: looking beneath the surface”. Journal de la Société des Américanistes.
Estudios sobre Ochpaniztli y la imaginería del Códice Borbónico (capítulos/volúmenes académicos).
Burkhart, L. M., trabajos sobre diálogo moral nahua-cristiano y categorías de confesión/pecado.
Ritos aztecas / Fiestas de los pueblos indígenas de México (capítulos sobre Ochpaniztli, Toci–Tlazolteotl, Tamoanchan y estructuras rituales).




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